Política y psicoanálisis la lógica de la particularidad
Frente a un escenario contemporáneo dominado por la atomización del libre mercado, el individualismo extremo del "sálvese quien pueda" y el imperativo del "emprendedor de sí mismo", el lazo social democrático se encuentra profundamente debilitado. Ante este diagnóstico, surge la necesidad de un proselitismo de divulgación del psicoanálisis en el seno de las organizaciones institucionales, no como una intervención clínica o una acción directa sobre la gestión, sino como un dispositivo ético capaz de subvertir las identificaciones ciegas y las ilusiones de completitud que configuran el liderazgo tradicional.
La paradoja del deseo y el límite de la ley
Pensar la articulación de un orden social a partir del descubrimiento de los sujetos como seres deseantes introduce una paradoja fundamental. Por un lado, el deseo, en su condición indómita y metonímica, posee un empuje que puede ser leído como potencialmente anárquico, capaz de tensionar las estructuras institucionales vigentes. Sin embargo, desde una posible lectura de la obra de Lacan, es preciso recordar que no existe deseo sin ley: el orden simbólico y la legalidad no operan meramente como elementos represivos, sino que son el fundamento mismo que constituye y aloja la posibilidad del desear.
Por lo tanto, el desafío institucional estriba en superar dos interpretaciones reduccionistas y polarizadas de la legalidad:
La postura del statu quo, que reduce la ley al sometimiento normativo para el funcionamiento instrumental de la economía y la realización de los intereses de clase.
La postura puramente reactiva, que interpreta el orden como un agente puramente represivo orientado a destruir la libertad, la creatividad y la expresión de los sujetos.
Finitud discursiva vs. Reduccionismo biologicista
Para orientar la articulación entre el psicoanálisis y lo público sin extraviarse en el cinismo o en un relativismo absoluto donde todo sentido se disuelve, es crucial delimitar con precisión la concepción del sujeto. Es aquí donde se vuelve indispensable una intervención epistemológica sobre conceptos como el de "soledad común" de Jorge Alemán. Si bien dicha noción rescata la importancia de la escucha de aquello que se enuncia desde cada lugar, su fundamentación suele deslizarse hacia un tríptico (sexuado, hablante y mortal) con fuertes tintes biologicistas, donde el lenguaje corre el riesgo de ser entendido como una simple herramienta de un organismo biológico.
En contraposición, una lectura lingüística, lógica y puramente discursiva —en la línea de Alfredo Eidelsztein— establece que el sujeto es un ente de dos dimensiones, radicalmente diferente del individuo. Desde esta perspectiva, la sexuación y la finitud no son hechos de la naturaleza orgánica, sino efectos estrictos de la estructura significante. La metáfora paterna, al operar en la constitución del sujeto en sus dimensiones simbólica, imaginaria y real, inscribe un orden particular y fija las coordenadas de las cadenas significantes, dando cuenta de la inmensa diversidad de las complexiones deseantes que coexisten en una sociedad.
Un horizonte político basado en la particularidad
El horizonte de convergencia de los discursos políticos y colectivos no debe apuntar a la homogeneidad ni a la masa hipnotizada por la figura de un líder, sino al relieve de la particularidad. Cabe destacar que la noción de particularidad resulta el término conceptualmente adecuado para este abordaje social, diferenciándose de la singularidad, cuyo uso debe quedar estrictamente reservado para la especificidad de configuraciones clínicas como la psicosis.
Un liderazgo advertido por la teoría psicoanalítica implicaría una renuncia por parte del líder a la imposición de una verdad universal, asumiendo el ordenamiento de la cosa pública a partir del reconocimiento de una ciudadanía cuya dimensión en lo particular es deseante. Solo mediante una legalidad que interprete su función como el soporte que garantiza y aloja la diferencia particular, será posible contrarrestar la deriva cínica contemporánea y reconstruir un tejido democrático que no ahogue al sujeto ni diluya el lazo comunitario.
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