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Notas sobre el sujeto del inconsciente y el sujeto del derecho

  Hay una violencia silenciosa, casi imperceptible por lo cotidiana, en el acto de juzgar. Cada vez que un tribunal levanta el martillo y dicta una condena, la sociedad respira aliviada. Se ha restablecido el orden, nos decimos; se ha castigado a un culpable. Pero ese alivio descansa sobre una impostura teórica que el sentido común prefiere no mirar de frente: la invención de un hombre libre, dueño absoluto de sus actos, capaz de elegir entre el bien y el mal como quien opta por un menú dominical. El derecho necesita esa abstracción para que su maquinaria no se trabe. Necesita creer que el imputado pudo haber actuado de otra manera. Sin esa ilusión de libertad, la pena no sería justicia; sería mera crueldad burocrática. Sin que nadie lo planifique, los tribunales terminan condenando a personas que no podían hacer otra cosa que lo que hicieron. Personas empujadas por un derrotero invisible, una trama de hilos invisibles confeccionada en otra parte. El marco general de nuestra existe...

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