Notas sobre el sujeto del inconsciente y el sujeto del derecho
Hay una violencia silenciosa, casi imperceptible por lo cotidiana, en el acto de juzgar. Cada vez que un tribunal levanta el martillo y dicta una condena, la sociedad respira aliviada. Se ha restablecido el orden, nos decimos; se ha castigado a un culpable. Pero ese alivio descansa sobre una impostura teórica que el sentido común prefiere no mirar de frente: la invención de un hombre libre, dueño absoluto de sus actos, capaz de elegir entre el bien y el mal como quien opta por un menú dominical. El derecho necesita esa abstracción para que su maquinaria no se trabe. Necesita creer que el imputado pudo haber actuado de otra manera. Sin esa ilusión de libertad, la pena no sería justicia; sería mera crueldad burocrática.
Sin que nadie lo planifique, los tribunales terminan condenando a personas que no podían hacer otra cosa que lo que hicieron. Personas empujadas por un derrotero invisible, una trama de hilos invisibles confeccionada en otra parte. El marco general de nuestra existencia no es el código civil; es el sujeto del inconsciente. Y allí, en ese reverso oscuro, las leyes son de otra índole.
Sin embargo, sería una ingenuidad romántica proponer la abolición de esta ficción. El sometimiento al Estado de derecho es inevitable, un peaje trágico pero necesario que pagamos por habitar la polis. La forma de organización de nuestra sociedad contractualista —heredera de las luces y del pacto social— exige que cedamos nuestra carne y nuestra complejidad a cambio de no devorarnos en una horda salvaje de venganzas infinitas. Para que la arquitectura republicana y democrática de Occidente se sostenga, debemos aceptar ser medidos con la vara del ciudadano previsible, penalizable e idéntico a sí mismo. No hay alternativa transitable fuera del pacto cívico; la alternativa es la intemperie absoluta, la barbarie.
Allí es donde estalla la ambivalencia estructural de nuestra época. Habitamos, simultáneamente, dos registros inconmensurables. Por un lado, el espacio de la organización social democrática, que nos convoca como sujetos del derecho dotados de voluntad y discernimiento. Por el otro, el reverso que emerge en la penumbra de un análisis: el sujeto del inconsciente, un sujeto dividido, hablado por el Otro, gobernado por una algoritmia que tiene una relación compleja con las constituciones, las urnas y los códigos penales. Vivimos divididos entre la necesidad de sostener las instituciones republicanas y la certeza íntima de que lo que nos comanda en lo más propio es Eso, Eso nos determina.
Ernesto Sábato insistía en que el hombre de la civilización técnica padece una terrible orfandad, extraviado en un laberinto de abstracciones que le ocultan su propia verdad. Una de esas abstracciones podría ser la pedagogía bienintencionada que busca "concientizar" al ciudadano, informarle sobre sus “deseos” para que pueda tomar las riendas de su destino, como si se pudiera legislar el inconsciente. Se niega al deseo, se lo juzga para volverlo democrático, razonable, civilizado. Pero el deseo es incorregible. El derrotero por el cual nos guía está hecho de una estructura lógica que puede rastrearse en el discurso, pero el responsable de ese trayecto no es el individuo: es el Otro. Ese lenguaje que nos preexiste, esa red de significantes que producen al sujeto y que no es ninguna persona en particular.
¿De qué somos responsables, entonces, si estamos gobernados por una voz que no es la nuestra? Durante décadas, una lectura moralizante repitió una frase de Jacques Lacan como un eslogan de autoayuda: "De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables". Se la usó para culpar al padeciente de su propio síntoma, para exigirle una elección cívica allí donde su estructura no se lo permitía. Pero si seguimos la advertencia de lecturas más agudas y rigurosas, como la de Alfredo Eidelsztein, el sentido se subvierte por completo. Podríamos interpretar esa frase como: “de nuestra definición de sujeto —como analistas, como pensadores de esta disciplina— somos responsables”. El sujeto, abandonado a sus determinaciones iniciales, se constituye en función del inconsciente, del Otro. Fuera de la contingencia de un encuentro clínico, el destino es una repetición ciega. Y la ilusión de una emancipación idílica, de una libertad total que rompa las cadenas de la estructura inconsciente, no es más que literatura barata.
Si alguien decide ir al analista, podría, eventualmente, quedar preñado de otras determinaciones; un renacimiento del sujeto, el advenimiento de un sujeto nuevo. El hecho analítico introduce una torsión, una marca nueva que subvierte la fijeza del sufrimiento viejo. No nos vuelve libres en el sentido burgués o republicano de la palabra; nos vuelve de otra manera determinados. Pasamos de padecer la fijeza de un síntoma trágico a dejarnos guiar por otras preguntas, por otras huellas que el dispositivo permitió inscribir.
Por eso, pretender que la sociedad resuelva esta encrucijada humana mediante el castigo penal es un acto tan aberrante como inevitable. La justicia condena el acto porque necesita ser práctica y apartar de la sociedad a las personas que la amenazan, necesario para la autopreservación contractual. El psicoanálisis, al contrario del derecho, no juzga. Aloja la determinación, se hace responsable de sostener la pregunta allí donde los tribunales exigen una confesión y la comunidad una conducta.
Sin que nadie lo planifique, los tribunales terminan condenando a personas que no podían hacer otra cosa que lo que hicieron. Personas empujadas por un derrotero invisible, una trama de hilos invisibles confeccionada en otra parte. El marco general de nuestra existencia no es el código civil; es el sujeto del inconsciente. Y allí, en ese reverso oscuro, las leyes son de otra índole.
Sin embargo, sería una ingenuidad romántica proponer la abolición de esta ficción. El sometimiento al Estado de derecho es inevitable, un peaje trágico pero necesario que pagamos por habitar la polis. La forma de organización de nuestra sociedad contractualista —heredera de las luces y del pacto social— exige que cedamos nuestra carne y nuestra complejidad a cambio de no devorarnos en una horda salvaje de venganzas infinitas. Para que la arquitectura republicana y democrática de Occidente se sostenga, debemos aceptar ser medidos con la vara del ciudadano previsible, penalizable e idéntico a sí mismo. No hay alternativa transitable fuera del pacto cívico; la alternativa es la intemperie absoluta, la barbarie.
Allí es donde estalla la ambivalencia estructural de nuestra época. Habitamos, simultáneamente, dos registros inconmensurables. Por un lado, el espacio de la organización social democrática, que nos convoca como sujetos del derecho dotados de voluntad y discernimiento. Por el otro, el reverso que emerge en la penumbra de un análisis: el sujeto del inconsciente, un sujeto dividido, hablado por el Otro, gobernado por una algoritmia que tiene una relación compleja con las constituciones, las urnas y los códigos penales. Vivimos divididos entre la necesidad de sostener las instituciones republicanas y la certeza íntima de que lo que nos comanda en lo más propio es Eso, Eso nos determina.
Ernesto Sábato insistía en que el hombre de la civilización técnica padece una terrible orfandad, extraviado en un laberinto de abstracciones que le ocultan su propia verdad. Una de esas abstracciones podría ser la pedagogía bienintencionada que busca "concientizar" al ciudadano, informarle sobre sus “deseos” para que pueda tomar las riendas de su destino, como si se pudiera legislar el inconsciente. Se niega al deseo, se lo juzga para volverlo democrático, razonable, civilizado. Pero el deseo es incorregible. El derrotero por el cual nos guía está hecho de una estructura lógica que puede rastrearse en el discurso, pero el responsable de ese trayecto no es el individuo: es el Otro. Ese lenguaje que nos preexiste, esa red de significantes que producen al sujeto y que no es ninguna persona en particular.
¿De qué somos responsables, entonces, si estamos gobernados por una voz que no es la nuestra? Durante décadas, una lectura moralizante repitió una frase de Jacques Lacan como un eslogan de autoayuda: "De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables". Se la usó para culpar al padeciente de su propio síntoma, para exigirle una elección cívica allí donde su estructura no se lo permitía. Pero si seguimos la advertencia de lecturas más agudas y rigurosas, como la de Alfredo Eidelsztein, el sentido se subvierte por completo. Podríamos interpretar esa frase como: “de nuestra definición de sujeto —como analistas, como pensadores de esta disciplina— somos responsables”. El sujeto, abandonado a sus determinaciones iniciales, se constituye en función del inconsciente, del Otro. Fuera de la contingencia de un encuentro clínico, el destino es una repetición ciega. Y la ilusión de una emancipación idílica, de una libertad total que rompa las cadenas de la estructura inconsciente, no es más que literatura barata.
Si alguien decide ir al analista, podría, eventualmente, quedar preñado de otras determinaciones; un renacimiento del sujeto, el advenimiento de un sujeto nuevo. El hecho analítico introduce una torsión, una marca nueva que subvierte la fijeza del sufrimiento viejo. No nos vuelve libres en el sentido burgués o republicano de la palabra; nos vuelve de otra manera determinados. Pasamos de padecer la fijeza de un síntoma trágico a dejarnos guiar por otras preguntas, por otras huellas que el dispositivo permitió inscribir.
Por eso, pretender que la sociedad resuelva esta encrucijada humana mediante el castigo penal es un acto tan aberrante como inevitable. La justicia condena el acto porque necesita ser práctica y apartar de la sociedad a las personas que la amenazan, necesario para la autopreservación contractual. El psicoanálisis, al contrario del derecho, no juzga. Aloja la determinación, se hace responsable de sostener la pregunta allí donde los tribunales exigen una confesión y la comunidad una conducta.
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